En el país donde yo nací las personas
hablaban una lengua que no existía.
De pequeña oía adjetivos inexistentes.
Repetía substantivos sin significado.
Los viejos llamaban a las cosas
con palabras rotas que no sonaban, construían frases invisibles con preposiciones
remendadas, conjugaban verbos zurcidos.
Vivíamos en un mundo que no
existía y que debíamos callar porque los nombres de las cosas que conocíamos no
venían en los diccionarios. No queríamos pasar por locos.
El colegio era un país
extranjero. Nos enseñaban como se llamaban las cosas que existían en un país en
el que no vivíamos. Dehesas, milanos, jornaleros sin tierra y trashumantes.
Pero un día un fraile decidió
escribir esas palabras. Y entonces existieron. Pero aún estaban muy rotas y muchos
seguían sin poder verlas o oírlas.
Muchos decían están rotas, no sirven,
arrojadlas a la basura. ¿Por qué queréis seguir usándolas cuando podéis usar
las nuestras que son mejores? Sólo los pobres y los ignorantes conocen las
palabras que vosotros usáis y que tanto os gustan.
Y entonces los que hablaban esa otra
lengua dijeron que teníamos que pelear y matar para ganarnos su respecto. Pero
nosotros les dijimos que no. Y nos pusimos con todo nuestro esfuerzo a
restaurar y reparar todas esas palabras, miles de ellas, escribimos cuentos y
poemas, novelas y canciones; ensayo, teatro y diccionarios. Adjetivos,
substantivos y preposiciones. Adverbios y pronombres. Conjugamos los verbos y
coordinamos las frases. Y nunca nunca subordinamos la supervivencia de nuestra
lengua a las provocaciones de aquellos que malmetían. Y por eso ahora vivimos
en paz y tenemos un tesoro que resuena rotundo a lo largo y ancho de nuestra
tierra.