Unha das peores salvaxadas e crueldades en contra dos dereitos dos homes e das mulleres, en contra da poboación indíxena, feita xa en tempos recentes de máis. Non podo esquece-lo documental que se emitiu en televisión española sobre isto hai un par de anos. Aínda que a maioría foron mulleres, tamén se esterilizaron homes; nas dos homes non sei, non parece que haxa imaxes pero nas das mulleres participaron mulleres. Hai imaxes arrepiantes: por ex. varias enfermeiras agarrando a unha muller que choraba, elas rindo. Non só as esterilizaron, fíxerono á macheta poñendo en perigo as súas vidas e creándolle problemas de saúde para toda a vida. Unha nova forma xenocido, a través da esterilización. Do peor. Doeme a alma.
El hombre que convirtió a cientos de miles de campesinas pobres en víctimas de esterilizaciones forzadas está libre.
Está fuera de la cárcel el jefe que accionó ese aberrante mecanismo de
control demográfico diseñado décadas antes por el primer mundo para el
tercero y para ser aplicado como política de Estado por gobiernos afines
al FMI y al Banco Mundial, violentando los cuerpos de las mujeres. Está
en la calle quien dio la orden de despojar a tantas de su derecho
fundamental, tratándolas como si fueran cifras en una estadística,
dejando atrás heridas abiertas, tierras baldías, territorios yermos. El
que mandó a torturar a su esposa. El que dejó sin justicia a miles de
víctimas de violación. El que hizo secuestrar y maltratar a sus propias
agentes de inteligencia. El cabecilla de una banda que mandaba sobres
bombas a mujeres periodistas y dejaba dinamita en la puerta de las casas
de activistas feministas. El que desconoció el dolor de las madres que
buscaban a sus hijos muertos.
Alberto Fujimori está
libre. El actual presidente del Perú, Pedro Pablo Kuczynski (PPK), acaba
de soltarlo, en lo que ha sido a todas luces un canje político
disfrazado de indulto humanitario. Días atrás, la revelación de los
vínculos entre una empresa propiedad de PPK y
la empresa constructora y corrupta Oderbrecht,
durante la época en que el primero era ministro de economía, lo puso al
filo de la vacancia presidencial por incapacidad moral, pero a última
hora el Congreso, mayoritariamente fujimorista, decidió la votación a
favor de la permanencia del presidente. Lo que pocos sabían es que PPK
se quedaba porque había negociado con ellos debajo de la mesa la
libertad y el perdón del reo más famoso del Perú.
El indulto humanitario para el ex dictador viene con derecho de gracia, eso quiere decir que Fujimori –
quien ayer publicaba un video en sus redes sin rastro de padecer una enfermedad terminal–
ha sido exculpado también de los procesos que tiene abiertos y juicios
pendientes, como el de las esterilizaciones forzadas, una de las
violaciones de derechos más graves en la historia peruana cometida
contra las mujeres, que continuaba en investigación fiscal y ahora
podría quedar impune, salvo que prosperen los recursos de nulidad.
Yerma en los Andes
Entre 1995 y 2000, los años más duros de la dictadura de Alberto
Fujimori, se estima que fueron esterilizadas contra su voluntad 331.600
mujeres indígenas en el Perú. Esto es, que muchas veces mediante
engaños, otras recurriendo directamente a la violencia, cientos de miles
de mujeres no solo se vieron privadas de su derecho a concebir sino que
han arrastrado durante años las secuelas psicológicas del abuso al que
fueron sometidas e incluso el estigma que las persiguió en sus lugares
de origen, casi siempre pueblos de los Andes, donde el dictador y sus
cómplices se creían con más derecho a aplicar su “Programa Nacional de
Planificación Familiar”.
¿Cómo se llevaba a cabo
este programa? Según informes de Amnistía Internacional algunas de las
prácticas iban desde imponer a los médicos un sistema de cuotas o “metas
numéricas” para la práctica de estos procedimientos (además de
“estímulos” si cumplían las metas), la amenaza de practicarles abortos a
las mujeres embarazadas si no accedían a ligarse las trompas, campañas
engañosas en las que se ofrecía la ligadura como cualquier otro método
anticonceptivo no permanente, el secuestro, el chantaje a los maridos
para que firmasen “autorizaciones” o el uso de la fuerza.
El presidente que nos odiaba
Alberto Fujimori demostró, durante todo su Gobierno, su misoginia
radical y una dinámica perversa en su relación con las mujeres. Fue el
único presidente del mundo que acudió a la Conferencia Mundial de
Mujeres en Beijing en 1995, pero luego de ofrecerse como un defensor de
la causa femenina, puso en marcha el programa de control de la natalidad
en los Andes. “A Fujimori en realidad no le importaban las mujeres
–cuenta hoy Rocío Silva Santisteban, ex directora de la Coordinadora de
Derechos Humanos en el Perú– sino el dinero que el Banco Mundial había
ofrecido a cambio de un decidido apoyo del Gobierno a la política de
control poblacional. Esa política se entroncaba con el famoso Plan Verde
de los militares: controlar a la población indígena, rural y pobre para
evitar la proliferación de “terroristas”. Las esterilizaciones forzadas
son la punta de lanza de ese plan.” En ese proceso usó también a
algunas ONG que trabajaban con colectivos de mujeres y que gestionaron
el programa. Se hizo, explica Ana María Vidal, Secretaria Ejecutiva
Adjunta de la Coordinadora, “en el marco de una política de salud
pública, y utilizó como fachada un discurso de reconocimiento de los
derechos sexuales y reproductivos para luego enviar a cientos de médicos
por las regiones más pobres del país con la orden de esterilizar”.
Muchas feministas se opusieron duramente, como la abogada Gina Vargas,
que acuñó la frase: “Lo que no es bueno para la democracia no es bueno
para las mujeres”. Otra activista feminista histórica, Giulia Tamayo,
publicó el informe “Nada Personal”, denunciando las ligaduras de trompas
ilegales y al poco tiempo el grupo Colina –el comando paramilitar de
Fujimori y Montesinos– le colocó una bomba en la puerta de su casa y
tuvo que refugiarse en España.
Las agresiones
sexuales también fueron banalizadas durante esos años, y aunque el
Estado les entregó muchos años después del Gobierno de Fujimori un
certificado de víctimas a las 5 mil mujeres violadas, también en su
mayoría indígenas –lo que prueba el cariz doblemente discriminatorio de
estas prácticas violentas–, que se atrevieron a denunciar (deben ser
muchísimas más), solo hay una sentencia en el poder judicial en la que
se sanciona al violador, el de una mujer identificada como "MMM", las
demás nunca fueron juzgadas.
Esto ocurre en el
mismo país en que la ley de violencia de género sirve para poco, donde
siete de cada diez mujeres ha sufrido agresiones, en el que el aborto
sigue siendo ilegal, incluso en caso de violación y en donde el
Arzobispo de Lima, Juan Luis Cipriani es capaz de declarar que “los
abortos no se deben a que han abusado de las niñas sino a que la mujer
se pone como en un escaparate provocando”.
Las Geishas
En otro despliegue de falsa empatía, Fujimori creó también el primer
Ministerio de la Mujer de la historia del Perú, pero nació con sello
clientelista y manipulador. La primera ministra, Luisa Cuculiza, era una
señora autoritaria y ultraconservadora. Fujimori se caracterizó por
rodearse de mujeres que apañaban sus latrocinios, que lo defendían en
los medios, todas desfeminizadas, cómplices. Les llamaban “las martas”,
entre ellas estaba la congresistas Marta Chávez, de verbo violento y
endemoniado, y Marta Hildebrandt, presidenta de la Academia de la Lengua
en el Perú y presidenta del Congreso de la época, quien llegó a decir
en una entrevista que ella estaba “a favor del autoritarismo, no de la
autoridad”. Otra, Luz Salgado, fue hasta hace poco presidenta del actual
Congreso.
En esta especie de “fiesta del Chivo” a
la peruana, Fujimori ejerció idéntica influencia en las periodistas que
cubrían Palacio de Gobierno, a quienes se les llamó las “geishas del
japonés” y que fueron inmortalizadas en videos que las muestran dándose
baños en las pozas de aguas termales que le encantaban al presidente y
en una cama de hotel en Londres con el entonces todopoderoso Fujimori.
Su principal animadora y groupie en la televisión fue la inefable
presentadora Laura Bozzo, que acabó en arresto domiciliario por
comprobarse que había sostenido reuniones con Vladimiro Montesinos con
el fin de hacer campaña por el fujimorismo en sus programas. “Las
mujeres autoritarias y/o genuflexas ante el poder del patriarca marcaron
el estilo de su Gobierno", afirma Silva Santisteban.
La esposa torturada
Dejamos de verla por un tiempo y cuando reapareció su salud estaba muy
deteriorada, necesitaba de silla de ruedas y no podía hablar con
claridad. Una de las primeras denuncias impunes de una mujer contra
Alberto Fujimori fue la de su esposa, la entonces primera dama Susana
Higuchi. Ella denunció haber sufrido secuestro y tortura en el sótano
del Servicio de Inteligencia del Ejército, con constantes sesiones de
electroshocks para evitar que hablara de lo que estaba pasando dentro
del Gobierno, incluso llegó a enseñar sus quemaduras. Los medios
comprados por el aparato propagandístico de la dictadura se encargaron
de desprestigiarla, de hacerla pasar por loca y así lograron acallarla.
El fujimorismo necesitaba su silencio, luego supimos por qué: Fujimori
en esos días habría dado la orden para las matanzas de los nueve
estudiantes y un profesor de la Universidad La Cantuta y la de los 15
habitantes de una quinta de Barrios Altos, incluyendo a un niño de 8
años. Crímenes de lesa humanidad. Sería condenado a 25 años de prisión
por homicidio calificado con alevosía, lesiones graves y secuestro
agravado. Era, además, un gran corrupto: a Vladimiro Montesinos, su
asesor de inteligencia, le entregó a espuertas los fondos del Estado
para corromper a jueces, militares, congresistas, periodistas, comprando
las líneas editoriales de periódicos y canales de televisión, por lo
que le cayeron otros seis años más. Compró a la prensa amarilla, desde
donde difamó a sus rivales políticos y sumaron seis años más de prisión.
Por todos estos casos estaba sentenciado cuando PPK lo indultó. También
por desaparecer los videos que grabó el propio asesor y que probaban
sus fechorías. Y le quedaban un buen puñado de casos por juzgar.
El de Higuchi, como el de las esterilizaciones forzadas sigue abierto y
podría quedarse sin sentencia si el indulto sigue adelante. Ante la
comisión congresal que investigó el caso de la ex primera dama años
después, su propia hija, Keiko Fujimori, fue la primera en negar la
tortura. Luego de ver a su madre expulsada del Palacio de Gobierno
aceptó convertirse en la hija-Primera Dama de Fujimori. Hoy es la
candidata del partido fujimorista, líder de la oposición, la que perdió
la presidencia en las dos últimas elecciones, primero ante Humala y
después ante PPK, pero no acepta que no es presidenta. Es otra de las
investigadas en el caso de Oderbrecht por recibir millonarias sumas para
sus campañas y por ello en las últimas semanas hemos vuelto a ver las
viejas maniobras de los fujimoristas: persecución política a fiscales y
amedrentamiento del Tribunal Constitucional.
En el
año 2000, Alberto Fujimori huyó a Japón y renunció a la presidencia del
Perú vía fax, ante la evidencia de los casos de corrupción de su
Gobierno. Allí fue protegido por una poderosa empresaria hotelera,
Satomi Kataoka, conocida por sus vínculos con el fascismo japonés, y con
quien, ya divorciado de Higuchi, se casó como parte de su estrategia de
inmunidad. Quiso empezar una nueva vida junto a ella, postulando a
diputado, haciendo valer su nacionalidad japonesa que siempre había
negado, pero no pudo evitar su extradición en septiembre de 2007. Al
poco tiempo de ser encarcelado, perdieron el vínculo. Una vez más
instrumentalizaba a una mujer para sus oscuros fines.
Mujeres de batalla
Tampoco parece que vaya a pagar por los crímenes contra las agentes de
inteligencia Mariella Barreto, asesinada y descuartizada; y Leonor la
Rosa, superviviente de tortura, solo porque sabían demasiado de las
prácticas ilegales de los comandos que estaban a la orden de Montesinos y
Fujimori. Todas fueron clave en el desenmascaramiento del régimen. Hubo
heroínas también en los medios. La periodista Melissa Alfaro, jefa de
informaciones del semanario Cambio, que cada tanto presentaba informes
para atizar al Gobierno, abrió el sobre bomba que el servicio de
inteligencia había enviado a nombre de su director y murió en el acto.
Pero sin duda, las mujeres que más guerra han dado y siguen dando
contra el tirano son las madres y hermanas e hijas, los familiares de
las víctimas. Ayer, la madre del niño asesinado en Barrios Altos, Rosa
Rojas, rodeada de la gente que protestaba contra la medida y contra las
explicaciones de PPK –que intenta apuntalar una falsa campaña de
“reconciliación nacional”–, clamaba: “No es fácil decir pasemos la
página, que tengamos un nuevo comienzo. Yo traje al mundo a mi hijo y
aún no lo puedo olvidar. Hoy él tendría 35 años y aquí estoy. Seguiré
luchando hasta el último día. Se burló de mi dolor. Un dolor que hasta
ahora tengo en el alma. No puedo olvidar a mi hijo especialmente hoy que
es Navidad. Estoy en la calle cuando debería estar en casa con mi
familia. No es justo que PPK haga esto”, dijo. Los años de lucha por
mantener la memoria y aplacar el dolor de miles de mujeres que aún
esperan justicia no pueden quedar impunes.
(Vídeo de Javier Corcuera Andrino, director de documentales peruano).