domingo, 16 de marzo de 2014

La lengua que no existía.



En el país donde yo nací las personas hablaban una lengua que no existía.
De pequeña oía adjetivos inexistentes. Repetía substantivos sin significado.
Los viejos llamaban a las cosas con palabras rotas que no sonaban, construían frases invisibles con preposiciones remendadas, conjugaban verbos zurcidos.
Vivíamos en un mundo que no existía y que debíamos callar porque los nombres de las cosas que conocíamos no venían en los diccionarios. No queríamos pasar por locos.
El colegio era un país extranjero. Nos enseñaban como se llamaban las cosas que existían en un país en el que no vivíamos. Dehesas, milanos, jornaleros sin tierra y trashumantes.
Pero un día un fraile decidió escribir esas palabras. Y entonces existieron. Pero aún estaban muy rotas y muchos seguían sin poder verlas o oírlas.
Muchos decían están rotas, no sirven, arrojadlas a la basura. ¿Por qué queréis seguir usándolas cuando podéis usar las nuestras que son mejores? Sólo los pobres y los ignorantes conocen las palabras que vosotros usáis y que tanto os gustan.
Y entonces los que hablaban esa otra lengua dijeron que teníamos que pelear y matar para ganarnos su respecto. Pero nosotros les dijimos que no. Y nos pusimos con todo nuestro esfuerzo a restaurar y reparar todas esas palabras, miles de ellas, escribimos cuentos y poemas, novelas y canciones; ensayo, teatro y diccionarios. Adjetivos, substantivos y preposiciones. Adverbios y pronombres. Conjugamos los verbos y coordinamos las frases. Y nunca nunca subordinamos la supervivencia de nuestra lengua a las provocaciones de aquellos que malmetían. Y por eso ahora vivimos en paz y tenemos un tesoro que resuena rotundo a lo largo y ancho de nuestra tierra.

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